miércoles, 19 de agosto de 2009

La tortuga



Me encontraba sentado ante una mesa en medio de una sala, iluminada con fuerza por tubos fluorescentes, y cuyo suelo y paredes se hallaban cubiertos con baldosas blancas. Manos extrañas me iban pasando ante la vista diferentes platos de comida que yo rechazaba uno tras otro. Intentaba ver el rostro de aquél o aquéllos que se me acercaban, pero nunca lo conseguía. Creo recordar que una pereza invencible me poseía como encadenándome a la inercia, impidiéndome incluso levantar la vista de la mesa. Finalmente, un aroma a empanada logró vencerme. Comí entonces ese algo envuelto y rebozado, que me resultó muy sabroso.

            A partir de ese momento lo que comenzaron a entregarme, con pausada cadencia, fueron dibujos extraños. Una gran cantidad de láminas iba pasando por mis manos: yo contemplaba una ilustración hasta que otra me era entregada, y conforme las recibía y estudiaba, las iba apilando con orden sobre la mesa. Algunos de estos dibujos formaban series que ilustraban raras formas de objetos desconocidos para mí, de función y utilidad incomprensibles, los cuales eran representados desde diferentes puntos de vista. Y esto me alarmó, porque esa pluralidad de perspectivas para un mismo modelo, por muy desconocido que éste me pareciera, demostraba una familiaridad y un realismo que contrastaban con la deformidad de los objetos y figuras que ahí se plasmaban. Aunque la mayoría de las veces las láminas representaban simples artefactos aparentemente inanimados, en ocasiones se llegaban a identificar seres vivos, pero siempre de especies inverosímiles e irreconocibles. Esa intención de reflejar de manera exhaustiva, desde todos los ángulos posibles, las diversas facetas visuales de objetos y seres parecía delatar un deseo de adueñarse de los mismos, de aprehender la totalidad de su naturaleza, por lo que se reforzaba la sensación de que aquellas cosas eran reales.

Me decía a mí mismo: “si alguien, dibujando, se ha tomado la molestia de retratar con tamaña minuciosidad todas estas cosas, es que tales cosas existen”. Esto me causaba un susto inicial que dio paso a un peculiar enfurecimiento ante la sospecha, precisamente, de que semejantes rarezas y extravagancias no fueran creaciones de la imaginación. Más en concreto, me producía una misteriosa rabia la evidencia de que nunca, en los años de mi vida, se me hubiera informado de la existencia de aquellas cosas: ni en la escuela, ni en el cine, televisión, libros, conversaciones, en la vida cotidiana…

            Por último, ponían en mis manos una cartulina que me sobresaltaba, despertando en mí un desasosiego de naturaleza impenetrable: consistía en la imagen de una gran tortuga con un inmenso caparazón. Cada gruesa placa de ese caparazón lucía manchas negras que resaltaban sobre un fondo blanco mezclado con reflejos caprichosos de luz, reproducidos con habilidad por el artista. Era una lámina de gran formato y presentaba un dibujo meticuloso en su detallismo, donde cada particularidad de aquel ser quedaba registrada con extrema fidelidad. De toda la extensión de aquella cobertura córnea del animal destacaba, en el centro, una placa amplia en cuya mancha negra podía identificarse, perfilado con nitidez, el mapa de Europa. En la siguiente cartulina que era colocada ante mis ojos se veía al animal de frente. Pude observar así con detalle su cara, en nada semejante a lo que yo podía haber conocido en otros ejemplares y especies de tortugas. Pues en esos rasgos de reptil se adivinaba que podrían llegar a reflejarse pensamientos y a expresarse emociones, como en los rasgos faciales de un ser humano. Puedo decir que aquél era en verdad un rostro, el de un ser dotado de conciencia: un semblante con expresión torva, claramente humana, donde destacaban unos insolentes ojos rojizos de una malignidad amenazante.

5 comentarios:

Olga B. dijo...

Inquieta la nitidez del mapa de Europa sobre ese ser maligno y lento. Y esa cara de demonio fieramente humano, Ángel.

María Jesús Almendro (Ladymacbeth) dijo...

Un placer conocerte! Muy curioso el caso de la tortuga y el mapa de Europa. Me habría gustado verle la cara al animal, igual intentaba decirte algo...

Un beso!

Ana Márquez dijo...

Inquietante tu texto, consigue conmover y hasta asustar. Felicidades por tu buen hacer y gracias por tu visita a mi blog. Un placer conocerte.

Lola dijo...

Tus sueños provocan un desasosiego nutritivo, porque echan raíz en quien los lee. Me recuerdan ciertos resortes lovecraftianos, y no por un paralelismo ni estilo común, sino por algo mas sutil, quizás un poso inquietante que habita en el corazón de las cosas y contagia, contamina la mente, como un microscópico hongo que se hubiera instalado en la piel psíquica y la invadiese.
Lo digo porque me ha sucedido ya con otros relatos tuyos: pasado un tiempo, sin saber exacatamente la razón o asociación que los evoca, vuelven, los recuerdo en sensaciones dispersas pero intensas, como si yo misma los hubiera soñado.
Eso sólo se produce cuando la lectura ha soltado esporas.
Hay que ser muy escritor para conseguir contagiar tanto.

Ángel Sobreviela dijo...

Gracias, Lola. Bueno, tú tienes para opinar así la ventaja de haber leído más relatos de los que he puesto en este blog.
Supongo que es importante conectar con ese nivel de la mente que resulta ser un territorio compartido por gentes de un mismo momento social o histórico, allí donde reconocemos nuestras pesadillas en las de otro.