sábado, 27 de junio de 2009

Ernst Jünger y el emboscado real ( I )

(Jünger)

En estas líneas trazaré una lectura del libro de Ernst Jünger La emboscadura, uno de sus ensayos más importantes y así mismo uno de los puntales de su pensamiento. Será un texto duro, pero necesario.
La edición utilizada es LA EMBOSCADURA, traducción de Andrés Sánchez Pascual, Tusquets editores, 2002.
Las citas de libros remitirán a una bibliografía exhaustiva que será incluida al final del artículo completo.
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Resulta asombroso todavía el afán puesto en desconocer conscientemente a un escritor. Existe una forma de desconocimiento que no es la del olvido o la indiferencia, sino la de la tergiversación o bien la del permanente propósito de no querer ver lo que los textos dicen y son. Es algo cercano a cuanto la izquierda anticapitalista, la más consecuente consigo misma, denomina “desinformación” en su propaganda.
En ocasiones, un autor debe ser defendido no de quienes le son adversos, sino de sus propios admiradores. Es lo que sucede con Ernst Jünger, cuya pléyade de exégetas y rendidos adeptos, provenientes en España fundamentalmente del entorno académico y universitario, tejen desde hace tiempo (con raras excepciones) una red de discursos cruzados laudatorios que más bien tiende a ocultar la real significación de su obra.
Soy de la opinión de que hay que enfrentarse con los trabajos intelectuales y con la trayectoria de un escritor de forma valiente, aceptándolo tal y como es sin buscar coartadas atenuantes para hacerlo más digerible ni intentar blanquearlo para que encaje en un discurso y pensamiento que quizás le sean ajenos.

De la deliberada incomprensión en torno a este libro y a la mayor parte de la obra del maestro alemán no queda libre ni siquiera quien ha podido ser considerado hasta años recientes como su traductor oficial, me refiero a Andrés Sánchez Pascual, a quien se debe por otra parte la excelente traducción de La Emboscadura aquí utilizada. Pero algunas de las traducciones de Sánchez Pascual vienen con la propina de sus propios prólogos a las obras de Jünger por él trabajadas. Una aportación interpretativa más que discutible, si bien nada hay que objetarle a Sánchez Pascual como traductor, durante un tiempo de Nitezsche, después de Jünger.
José Luis Molinuevo, uno de los más rigurosos y valientes comentaristas del escritor de Heidelberg con el que podemos contar en España, tampoco acierta en un nivel de profundidad al abordar el ensayo La Emboscadura, (dentro del repaso cronológico a la obra del alemán que supone su libro “La estética de lo originario en Jünger”). No demuestra una comprensión cabal y completa de todas las derivaciones y consecuencias del concepto “emboscadura” expuestas en el libro de Jünger, e incluso cae en el error de considerar esta figura del emboscado como asimilable a la del anarca. Más adelante abundaremos en esta diferenciación capital que debe realizarse al considerar las dos figuras.
He leído recientemente un libro que se me había pasado por alto: “Ernst Jünger y sus pronósticos del Tercer Milenio”. Se lo debo a un compañero de un curso de doctorado que he realizado recientemente. Es en esta lectura donde una vez más me encuentro con una incomprensión que no puede ser sino deliberada. Varios de los ensayos recogidos en el libro, editado por la Universidad Complutense, son relevantes en varios aspectos referidos a la obra jüngueriana, pero la ceguera consciente hacia muchas de las piedras angulares de sus análisis y propuestas de pensamiento, debe ser cuestionada. El libro La emboscadura, de 1951, es una de las obras más citadas en el volumen, y constantemente se reitera la misma errónea apreciación del mismo. Un extremo de todo esto se advierte en la fácil e injustificada identificación de la figura del emboscado con la del anarca, expuesta por Jünger en su novela “Eumeswil”, de 1977. Algunos autores llegan a concluir sus razonamientos con la rara idea de que ambas figuras son una misma. Ni siquiera se preguntan sobre las razones de fondo que explicarían que una de estas figuras jünguerianas sea presentada en un ensayo y la otra en una novela, y esto es muy grave desde el punto de vista de la metodología literaria; y no sólo literaria, sino exegética en el sentido más amplio dentro del dominio de las palabras escritas, contando también con el texto filosófico. Dicha distinción genérica no es secundaria, si bien sería tema de otra exposición y comentario.
El pensamiento de Jünger, como es sabido, se articula en torno a la aparición y descripción fenomenológica de las diversas encarnaciones adoptadas por el concepto de “Figura” (Gestalt). De estas figuras, las principales serían, en los siglos XX y XXI, las del Soldado, el Trabajador, el Emboscado y el Anarca.
La emboscadura, el proceso y acto de la voluntad por el que la personalidad aislada se convierte en emboscado no es, pese a los comentarios desorientadores de los paladines académicos del autor, un estado de vida contemplativa, teorética y de cómodo exilio interior. No es una resistencia pasiva al poder desde posiciones éticas ni un desapego escéptico. La Emboscadura es un libro que surge como consecuencia de un nuevo período de postguerra que al autor le toca experimentar y observar, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Y como tal libro postbélico y ensayo reactivo ante una situación de conmoción personal vinculada a un trastorno histórico, enlaza directamente en más de un aspecto con la obra de Jünger surgida en la anterior postguerra, en el período cubierto entre 1919 y 1933. Esa parte de la obra del escritor permanece demasiado desconocida en España y en Francia, los dos focos principales de la consagración de Jünger como autor de referencia del siglo XX, y La Emboscadura es justamente el trabajo más próximo a aquella lejana-cercana producción. Salvo algunos escritos muy concretos, como La movilización total, o los breves ensayos referentes a la técnica fotográfica y los métodos de nueva comprensión objetiva de la realidad social de guerra y postguerra (enlazados con las ideas de la “Neue Sachlichkeit”, “Nueva objetividad”), en nuestro país toda esta producción queda en la sombra para la mayor parte de lectores. En Italia en cambio, estos escritos juveniles de Jünger han aparecido en su integridad bajo el título “Scritti politici e di guerra”, en tres tomos.
La Emboscadura es un texto marcial, tal y como un crítico francés de izquierdas y antijüngeriano, Michel Vanoosthuyse, ha definido la primera versión (1929) de El corazón aventurero. El libro que aquí nos ocupa es en efecto un texto marcial, aunque ya no sea militarista, como en cambio sí lo eran aún los escritos de la anterior postguerra. Se trata de una obra colmada de una contenida agresividad que busca unas formas de expresión muy diferentes a las de los artículos y ensayos breves de los años 20 y comienzos de los 30: precisamente la forma de expresión “emboscada”. Y es que el sentido de ocultación y camuflaje, latente en el término clave parece no querer ser visto (cumpliendo más allá de lo necesario, irónicamente, su cometido) por parte de los rendidos admiradores liberal-conservadores del escritor alemán. A este respecto, el autor confiesa hacia el final de la obra este punto espinoso: “El modo en que llevan eso a cabo es una cuestión de la resistencia, la cual no necesita ser siempre franca. Exigir tal cosa es (…) entregar a los tiranos la lista de nombres” (cap.30, p.149).
(Continuará...)
(Andrés Sánchez Pascual montado en un columpio)

lunes, 22 de junio de 2009

Solstizio d'estate


"Hoy es el solsticio de verano, es el inmóvil éxtasis de la luz, el apogeo del día febeo. El aire entero es una voluntad, una voluptuosidad de vida. El orbe del sol hierve por completo de abejas ardientes que destilan el fuego. En el viento africano pasa la ebriedad de la miel ígnea."
Gabriele D'Annunzio, La Leda senza cigno (La Leda sin cisne, 1916)

martes, 9 de junio de 2009

Poetas de Caesaraugusta ( IV ): Ángel Gracia

(Pintura de Nicolás Roerich)

“Aprende que nunca llenarás la primera soledad, nunca cambiarás de piel, nunca te amarás”. Así dice el texto de contraportada de VALHONDO.

La insatisfacción está en el origen del ser, no en cuanto cosecha la experiencia. Este es el acorde inicial de VALHONDO… como si comenzara con su final y no deseara avanzar. Tras el no solicitado don de la vida (“Un diluvio de luz / sobre las manos / del niño”) queda la constatación de que la verdadera vida “est absente”.
Un ansia primordial no satisfecha… Luego queda caminar siempre para no llegar sino al inesquivable hecho de no dejar de ser nosotros mismos (“Avanzar hacia mí… reunirme en soledad”).
Si la insatisfacción está en el origen, el ser se funda entonces en el rechazo permanentemente de sí: los árboles no quieren ser bosque (prefieren ser talados), la lámina del agua es acribillada por la lluvia, agua enemiga del agua.

“Los árboles oran
contra el bosque.

Reclaman hacha y pira.

El agua tiembla
herida por la lluvia.”

Y esto vale, funestamente, también para el hombre: “también el aguador / tuvo sed” (p.23).
“Exilio” se llama la primera parte del libro. Si la vida es exilio ¿es nuesta añoranza de un hogar algo que apunta hacia un confín que pueda atisbarse en el poema? El libro se estremece en una inquietud metafísica atada con cadenas de tierra, madera y agua. Un alma que no sabe medirse más allá de la carne, pero sueña con poder contemplarse fuera de sí misma. Así, desde fuera, se contempla esa casa veraniega cuya llave es propiedad del verano y sólo del verano, como aquel hotel de AMARCORD, contenedor de tantas frágiles ensoñaciones:

“La llave está en manos
del verano desolado.
El viento en el umbral.” (p.21).


Somos la tierra donde todas las cosas se sepultan, viene a decir también Ángel Gracia en la segunda parte, “Rostros en el hielo”. Tierra o mar donde lo más grande se sumerge y se pierde.
Pérdida… la posibilidad de perder la memoria de la propia existencia sobre la tierra, era un temor acendrado de los antiguos, por lo que Tiresias era ese privilegiado que pudo conservar su memoria intacta en el Hades; de ahí que vivos y muertos lleguen a ser desconocidos unos para otros, reverberando la soledad absoluta en tal imagen con los ecos más desesperados: “su amada muerta / ha vuelto / y no le reconoce” (p.31). Pero también los vivos se desconocen, no hay salida: “Él cuenta los muertos / y yo cuento los seres / que nunca conoceré” (p.32).
Personajes del legado cultural, el cine de Dreyer, y Hölderlin demente cierran la segunda parte donde ya se ha abierto camino el tema de la muerte y los muertos, el cual prosigue en la sección última del libro. “Los invisibles nos ven”, se ha dicho en la página 22, y ahora el muerto se dispone a afrontar la larga experiencia de estar fuera de la vida: “comienza sin límites mi fin” (p.55).
El infierno, la condena eterna, para el hombre de un tiempo sin Dios sólo puede ser la permanencia indefinida frente a todo error y a la consciencia del propio error, esto es el poema “Inferno”, (p.65).
Todas las posibilidades imaginativas de la desencarnación son aquí evocadas. Así, hay una reminiscencia de las viejas ideas acerca de la preexistencia en el poema “Explorador” (p.56): algo tantea desde la eternidad las posibilidades o inviabilidad de la vida… “Ése / no nacerá”. Pasando por el instante eternizador del poema “Angelus” , llegamos a la gran oración de la página 47, en poema sin título. También la desconexión entre la vida y la muerte puede imaginarse así... que los muertos no deseen en ningún caso retornar a la vida:

“Miedo de perderme
en el principio,
de que se acabe
el último regreso.”


En su magnífico Diario, Giovanni Papini exponía la posibilidad de que los muertos hayan sentido desde siempre tanto miedo a los vivos como los vivos por los muertos, y de ahí la incomunicación que constatamos.

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En EL LIBRO DE LOS IBONES, el centro de gravedad discursivo, la quilla del libro, está entre el decir y el contemplar: las posibilidades de lo decible y lo inefable por un lado, y por otro el testimonio ante la presencia altiva del mundo en la dimensión más pura de lo real: el escenario natural… Un testimonio itinerante (calificativo muy definitorio para este autor) que da fe también de la vida humana por medio de la voz poética y del portavoz-poeta de todos los desconocidos.
La unión del decir y del contemplar itinerante se encuentra ya en el título de la primera parte del libro: “Senda escrita”, y en los versos del cuarto poema que dicen:

“La nieve cambia
en cada cumbre de nombre”.


Misma materia natural, diversa colonización de la conciencia, diverso bautismo humano hacia la roca. Y esta misma conjunción halla su réplica coherente en uno de los poemas últimos (p.93):

“Daría mi voz
si la pradera extendiera
la palabra”.


Con la presencia nueva del yo poético entre los elementos puestos en juego.

El libro es un peregrinaje desde el primer planteamiento acerca de la palabra, el ensayo de la voz que ha de nombrar, para luego pasar al recorrido de esa senda escrita o por escribir. Un alto en el recuerdo, la lectura, el legado literario y el retrato, para luego pasar y pasear de nuevo hacia la contemplación y la mención definitiva, con los parajes que ostentan su nombre (Monte Perdido, Anayet, Asín) con la misma intensidad que los seres humanos (Georg Trakl, Daigu, Li Bo).
Seguramente, al lector de Ángel Gracia no se le pasará por alto que en este poeta existe naturaleza real, y no decorado y escenario de fondo. Cuando dice “montaña,”, “árbol”, “lago”, “ibón”, para él esto no son palabras transmitidas una y otra vez por medio de textos literarios sino presencias numinosas de lo real. Existen en su poema como experimentos verificables. Algo que puede ser rastreado desde sus primeros libros hasta la recopilación de artículos viajeros DESTINO Y TRAZO, recientemente publicada por la editorial Comuniter.
De ahí también que los elementos de la naturaleza no reposen en un cajón de metáforas al que echar mano, sino que su pasión tiende a desligar en todo simbolismo lo que en éste hay de elemento cercano. Y así, ese amor por lo visible le impulsa a partir la metáfora en dos y quedarse con la parte de esos sus dos componentes más cercana a nuestra abandonada condición material. La terminología en torno a la idea de “abandono”, además, aparece con fuerza en esta obra. Esta idea de opción y apuesta por lo visible se manifiesta palmariamente en versos como los que siguen (p.39):

“Torturada zarza,
protégeme de Dios”


Para Ángel Gracia, tal vez lo bello-apariencial, la zarza ardiente que vio Moisés, resulta más vinculante que el Dios que la tradición esconde tras este símbolo, o tras el cual se cela la propia noción de lo divino para no deslumbrar y aniquilar con su manifestación.
La idea se desarrolla, en mi opinión, en estos versos de un poema cercano que sigue al anterior (p.43):

“Tuya es la caricia
que separa a Dios
de la soledad.”

Aunque concluyendo con una matización espiritualista, que supone una apertura del discurso a la que considero significativa:

“Todo lo que existe
necesita de lo que no existe.”


Las citas de místicos (muy alejados de los tan traídos y llevados místicos españoles) como Hildegarda Von Bingen, Angelus Silesius y el maestro Eckhart apuntan en la misma dirección, la cual tal vez sea aún recorrida como senda futura por el poeta.

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Imposible dar cuenta exhaustiva de semejantes libros en el espacio de un post. Una ciudad como la nuestra es libre de desconocer a sus mejores poetas, si bien tal cosa la hará bajo su propio riesgo. Riesgo de empobrecimiento y vacío. Los libros de Ángel Gracia educan la mirada en el sentido más idealizado del término, son theoria en su acepción originaria.
Quien desee conocer de cerca a este autor, el mismo se encontrará al alcance de oídos, atenciones y preguntas el miércoles 24 de Junio a las 19’30 en la Sala Polivalente de la Biblioteca de Aragón, en la nueva sesión de la nueva tertulia poética que organizan Emilio Quintanilla y Rosendo Tello. Allí os espera Ángel, y sus poemas en las librerías y bibliotecas.


(Os están esperando)

sábado, 16 de mayo de 2009

Poetas de Caesaraugusta ( III ): Nueva Tertulia Poética en Zaragoza


Esta tercera entrega de “Poetas de Caesaraugusta” no tiene como protagonistas únicamente a Emilio Quintanilla Buey y a Rosendo Tello. El protagonista ha de ser múltiple, deben ser todos los artífices de la palabra que presten oído a esta llamada.

Rosendo Tello y Emilio Quintanilla, tanto en nombre propio como en el de la Asociación Aragonesa de Escritores y en el de la Biblioteca de Aragón, están muy interesados en impulsar esta NUEVA TERTULIA POÉTICA que tendría como centro de gravedad la Sala Polivalente de la Biblioteca de Aragón (Calle Doctor Cerrada, 22). Desean atraer muy especialmente a los poetas jóvenes de Aragón, y propiciar un encuentro entre generaciones y lenguajes diversos. Allí cada cual explicará el por qué de su estilo o simplemente (si lo prefiere) leerá pasajes de su obra de los que luego podrá conversar con los concurrentes. He sido invitado a participar este próximo miércoles, pero junto a mí deseo tener compañeros de armas, lectores y oyentes que deseen conocer no lo que yo tenga que decir sino la propuesta en sí misma, para poder enriquecerla con sus futuras visitas, darla a conocer a su vez y participar de la forma que prefieran. El formato no está cerrado, y las propuestas pueden seguir exponiéndose.
La acción precede al programa.

Rosendo Tello es como ese anciano de la tribu capaz no sólo de reunir en torno a sí a la ingenua chiquillería que le escucha embelesada (casi recibiendo de él por primera vez muchas palabras novísimas) sino también a los curtidos miembros del clan de los cazadores, que deponen sobre la hierba arco y lanza y se sientan a escucharle.

Emilio Quintanilla, escribe una poesía que resulta curiosamente jovencísima, ya que ha empezado a publicar sus obras en los últimos años. Practica un razonamiento poético meditado y calmo. Demuestra ser capaz de razonar líricamente, incidiendo en las virtudes hoy un tanto descuidadas de la retórica clásica como pueden ser la persuasión y la elocuencia. No se impone, no somete al lector. Su dominio escénico y su control de voz son envidiables, y estoy satisfecho de tenerlo como acompañante en el recital del próximo sábado 23 de Mayo en LA CAMPANA DE LOS PERDIDOS.

ANUNCIO:
“TERCERA TERTULIA POÉTICA
DE LA ASOCIACIÓN ARAGONESA DE ESCRITORES

El miércoles, 20 de mayo, a las 19:30, en la sala polivalente de la Biblioteca de Aragón, tendrá lugar la tercera TERTULIA POÉTICA de la Asociación Aragonesa de Escritores.
Está previsto que el poeta Ángel Sobreviela, a quien hemos invitado para esta ocasión, lea una selección de sus poemas. Procuraremos, además, que haya tiempo para que otros asistentes que lo deseen lean algo de su poeta preferido o bien de propia obra. Todo ello teniendo en cuenta que quien modere la tertulia (Rosendo Tello ó Emilio Quintanilla Buey) procurará distribuir el tiempo para que sean varias las oportunidades de intervenir.
Os animamos a asistir. Hemos de conseguir que esta tertulia llegue a convertirse en referencia obligada en el mundo poético zaragozano.”



martes, 5 de mayo de 2009

Poetas de Caesaraugusta ( II ): Carmen Aliaga

(Retrato de Carmen Aliaga con el Pilar y excavadora. Pinchar en la imagen para ampliar.)


Carmen Aliaga es otra de esas personalidades poéticas, extrañas y fosforescentes, que como un fuego fatuo travieso, se mueven por los laberínticos caminos de la Caesaraugusta poética de los últimos años.

Su libro CAFÉ VAN GOGH, publicado en el 2006 por la editorial “La Fragua del Trovador” es una de esas joyas que van circulando entre los aficionados nativos, y proliferando calladamente en muchas estanterías de los lectores de poesía de esta ciudad, la cual gusta de desconocerse a sí misma y extraviar a sus creadores hurtándolos del encuentro de unos con otros.
La labor de Carmen Aliaga ni empezó ni se detuvo allí. Ya un poco antes había comenzado a recitar tanto poemas suyos como de autores clásicos y contemporáneos en diversos eventos y circunstancias, cosa que sigue haciendo. Sus habilidades en el control de la voz, y de la proyección rítmica de la palabra leída en voz alta, son cada vez más mencionados y reconocidos, por lo que es reclamada como rapsoda por diversas gentes. Hace poco, participó recitando en el aniversario de “Lola editorial” invitada por Manuel Forega, y también ha hecho resonar “La Campana de los Perdidos” de la calle Prudencio, invitada por poetas que saben cómo hacer que sus poemas suenen mejor que nunca.

Más allá de los milagros, glorias o desventuras de los métodos de trabajo seguidos por los distribuidores de libros, el nombre de Carmen Aliaga halla eco gracias a Internet y al blog que comanda con gran éxito de seguidores y donde, desde hace tiempo, voy insertando mis comentarios y mi asombro ante sus poemas (http://palabraspoemasdelirios.blogspot.com/). Aquí engasto alguno de ellos junto con mis particularísimas exégesis.


PRETÉRITO

Se empaparon mis manos,
mis circulares ojos
en la tinta de cuentos
y tebeos baratos.

Quedaron acuarelas,
lápices y dibujos
detrás de la mantilla
y las gafas de la abuela.

Se pusieron los sueños
redondos y ligeros
a jugar con el polvo
y el techo del granero.

Dejé la bicicleta de las ruedas gastadas
y me lleve las letras
pegadas como arañas
entre los ocho nidos abiertos de mis dedos.


MI COMENTARIO:
Este poema no consiste en una enumeración de recuerdos, sino que basa su esencia en la naturaleza misma de la memoria y nos enseña cómo recordar. Describe una línea con forma de parábola. De la inmersión del primer verso, “se empaparon mis manos”, hacia un progresivo desapego y distancia, que sin embargo da testimonio del efecto y de la pervivencia del primer gesto enunciado.
La primera estrofa se sumerge en una sustancia viscosa y extraña, con el gesto de empapar las manos en esa misteriosa tinta no sujeta a concreción: imágenes, papeles difusos de cuentos y publicaciones infantiles… La segunda estrofa descubre para el lector, con mirada de niño, la realidad del mundo: la nitidez y el peso de los objetos, domésticos, humildes, dotados de una existencia propia conmovedoramente despegada de lo humano pero conservando su íntima vinculación con los seres: “las gafas de la abuela”.
De ahí pasamos al despertar de una imaginación y una voluntad que queda estrechamente ligada a esa realidad del mundo: los sueños que juegan con el polvo del granero… la conciencia de existir, de poseer la vida que se proyecta hacia el futuro y el saber que se proviene de un lugar determinado, que se ha brotado de la vida y atmósferas de otros seres vivos muy concretos.
En la última estrofa la infancia, emblematizada en la bicicleta, es finalmente abandonada al mismo tiempo en que se deja constancia de la persistencia de la memoria: la impregnación del pasado, que se lleva enredada entre los dedos. La última palabra del último verso enlaza así con la última palabra del primero: manos-dedos. La vida es así aferrada, en tan sólo 16 versos inmejorables, tras pasar y acariciar nuestras manos tendidas y abiertas.
Definición precisa. Exposición nítida y sencilla como cada uno de los planos de un pequeño diamante perfectamente cincelado. Uno de los mejores poemas de Carmen Aliaga.
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"Nothing will die;
All Things will change
Trough eternity"

Alfred Tennyson

("Nada morirá
todas las cosas se transformarán
a través de la eternidad")


Mira de frente la muerte del otro
y a través del otro
la tuya propia.

Reclina tu cara tibia
junto a la fría cristalera rectangular,
la que guarda la cera de la vela,
la palidez del cuerpo amortajado
y ese viento que mueve las cintas y los pétalos
de la corona última.

Acerca tu oído al silencio de los fallecidos
para escuchar esa voz que reclama:

"Apoya entre las hojas tu propio peso,
tu pensamiento,
tu voluntad.

Empuña la espada de tu pluma viva
para que brote la tinta sobre la tierra,
sobre el papel que vuela,
sobre el hermano que escucha
y sobre el enemigo"

MI COMENTARIO:
Si un poema arranca con una exhortación, el lector entra a formar parte del discurso poético, su materia lo ensarta como una lanza. Si el poema reincide en implicar al lector, estamos ante una urgencia que no sólo nos es reclamada sino que acucia al mismo autor, y así lo atisbamos en un rápido vistazo hacia la figura de aquél que nos apresura el paso. “Mira… Reclina… Acerca… Apoya… Empuña…” así comienza cada exhalación, cada impulso de esta arenga, de esta “piccola orazione”, como la de Ulises a sus compañeros según se la hizo clamar Dante desde la llama bífida.
Y aquí hay algo más: las dos voces con las que el parlamento toma relevo… tras las sensaciones táctiles de la segunda estrofa, después de sentirnos tibios aún frente a un cristal frío que nos protege del ausente, o al ausente de nosotros. La palidez cérea de la carne amortajada, la cérea presencia erguida de la vela, se conjugan con fisicidad aterradora. Sólo un “viento” que adivinamos como el del aire acondicionado obliga a ondear a los estandartes de la última (¿y definitiva?) triunfadora. Pues ¿de quién es esa “corona última” que pesa en todo un verso? ¿Es el triunfo y meta de la vida ascender a ese podio donde nos exhibimos horizontales?
La respuesta se halla en la competición que prosigue en la última estrofa: por tanto empuñad cálamos y arados, trazad vuestra escritura propia, pues las páginas emprenden el vuelo, como dice Carmen Aliaga… o la segunda voz, la bala en la recámara que ella nos reserva. También Tennyson confrontó dos poemas antagónicos en su juventud, y uno tras otro, página contra página los dio a la imprenta: “All Things Will Die” (“Todo morirá”), y “Nothing will die” (“Nada morirá”).

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De propina, os dejo este poema de la antología CAFÉ VAN GOGH, liberándoos de mis plúmbeos análisis pero reclamando vuestra atención para este libro. Si el librero no dispone de él, se pide y la distribución os lo aproxima con rapidez, gracias a que la editorial es aragonesa. Este poema es un sorprendente epítome de la vida de una mujer. Buona lettura!

Los cuentos, los cuentos,
las hadas, los dictados,
los dibujos, las ceras,
los abrazos de talco,

Los globos, las risas,
el río, los payasos,
el sol, las volteretas,
el parque, los guijarros,

La caricia más fuerte,
el beso más extraño,
despedida en la sábana,
quizá no nos veamos,

Los muebles, las casas,
el sí quiero del blanco,
los temblores, las náuseas,
el balancín, los partos,

La rutina, el cansancio
algún remordimiento
los huesos doloridos
y los cuentos, los cuentos.



sábado, 2 de mayo de 2009

Poetas de Caesaraugusta ( I ) : Fernando Burbano



Fernando Burbano es uno de los mejores poetas secretos de esta ciudad. Sus poemas mitológicos poseen una variedad de exposición sorprendente: desde el tono narrativo de EL LIENZO DE PENÉLOPE al dramático de IXIÓN. Digo “tono” para no decir “forma”, pues en la serie de textos a la que pertenecen estos poemas hay ante todo evocación, irónico-nostálgica, de la poesía como épica y como dramática. Pareciera el eco de un clamor lejano, registrado en la memoria akásica del Éter y que un deslumbrado vidente transcribe a tientas.
Hacen falta muchos arrestos para atreverse hoy a sacar nuevamente a la palestra los mitos griegos y a hacer con ellos una poesía de raíz moderna. Aún así, el poema que presento aquí es más tradicional expositivamente y en lenguaje, siendo que otros apelan a una dicción mucho más moderna y quebrada.
El dibujo que encabeza el presente post puede servir como ilustración con una doble intencionalidad. Burbano fuerza a las figuras ya momificadas sobre las que han pasado mil discursos, miradas, resurrecciones e interpretaciones, a no descansar en paz y a levantarse de nuevo. Al mismo tiempo, la ilustración parece evocar ese extraño autoamordazamiento en el que el verbo del autor pervive, con sus reticencias a mostrarse y dejarse leer, y que aún así se agita despertando el interés de quien pasa delante de sus estertores.
No he sido capaz ni de trocear el poema ni de incluir otro más breve. Quiero ofrecer éste en concreto. En este poema se exponen las razones de la mujer. Aún recuerdo cuando, tras leerlo, me acerqué a Fernando Burbano y le di una fotocopia con el poema ULISES de Tennyson, diciéndole “y estas son las razones de los hombres”.
No entro a analizarlo para no extender aún más este post y no cargarlo con un comentario como los que dedico a los poemas de Carmen Aliaga, por poner un ejemplo. Sólo quiero llamar la atención sobre la memorable elipsis poético-narrativa que se cobija en la primera parte del poema, y la manifiesta desconexión entre Penélope y la pareja de héroes que forman su marido y su hijo cuando describe su regreso:
“Telémaco volvió. Regresó Odiseo.
Uno a poco del otro, pero han vuelto.
Han vuelto, han regresado. Regresaron.
Y uno sigue su guerra. Otro la inicia.”

Aquí os dejo con Fernando Burbano.




EL LIENZO DE PENÉLOPE

A Ada Ibarbia Gascón, Ada de Orús, que
tejió en torno del artista un tapiz de amor,
en memoria.

Advertí luego a Sísifo, presa de recias
torturas. Iba a fuerza de brazos moviendo un
peñón monstruoso y, apoyándose en manos
y pies, empujaba su carga hasta el pico de
un monte.
ODISEA. Homero.

Sísifo, proletario de los dioses, impotente
y rebelde, conoce toda la magnitud de su
miserable condición: en ella piensa durante
su descenso.

EL MITO DE SÍSIFO. A. Camus.



ISAGOGE


Aquél que conozca entenderá
esta rebeldía revolucionaria..


EL SEPELIO DE ANTICLEA. RECUERDOS.


Enterramos a Anticlea esta mañana.
como ella hace algún tiempo nos pidiera,
buscamos un paraje desde el cual
ni la más gruesa mar en la tormenta,
con su fragor, rompiera su yacer.
Anticlea, mi suegra, aborrecía el mar,
idéntico que Laertes, su marido.
Nos sobrecogió que hallara la muerte
entre las olas. Era el odio antiguo.

Recuerdo que tornábamos de Esparta,
donde con Odiseo me habían casado
ante la corte de mi padre, Icario.
Tras de seis largos meses de demora
fueron a buscarnos Laertes y Anticlea.
Tornamos a poco hacia Itaca, vía
Pilos la arenosa, donde embarcamos.
Me encontraba ya encinta de Telémaco
y era aquel mi primer viaje por mar.
De rada en rada, sin perder la costa
de vista, hacíamos singla por vinosas
aguas. Eran proverbiales mis mareos,
y una y otra vez, desde la toldilla
me acercaba a la borda del navío
para desbocar mi nausea profunda.
En todo instante, y allí en el parasemo,
encontrábase a un Laertes embebido
en dejar caer guijarros a las aguas,
la cabeza afirmaba pensativa
algunas veces, en no sé qué caída
especial. Volví al tendal e inquirí
la fuente para aquel comportamiento
inexplicable. Mi suegra engoló
la voz, tal que hacían los viejos mistágogos
o las oscuras sibilas, diciendo:
“La mar, el mar, lo mar” ; quise escuchar
el murmullo del hado y me callé.

De vuelta al palacio tras de aquel hórrido
entierro, contemplé a Laertes con nueva
mirada y fantaseé hacer un tejido
bordado y sin costuras que usaría
de sudario en su aún lejano sepelio.
A poco mi suegro dejó la casa
yéndose a alojar a la del boyero
Filetio y su familia. El orgullo
de los pretendientes minaba lento
mi paz familiar. Supliqué al divino
argonauta su retorno al palacio;
“Nunca sin mi hijo volveré a pisar
la casa”, replicó secamente.
Lo dejé lanzando jejos al mar.
Volví a mi cámara y ordené un telar
con que hacer efectiva mi infantil
venganza. Inicié la greca enmarcante
de toda la historia: el mar que se riza;
mascarón de proa, casi divinal…
…………………………………..
Pasaron largas horas de silencio
total. Desde mi habitáculo nada
rebullía. Se alarmó Euriclea que entró
asustada; me halló absorta al tejedor
con toda la labor del día deshecha.
Yo no respondía al estro de su voz
y hubo de zarandearme repetidas
veces para que volviera de nuevo
a mí. Algo me llevaba más allá
del tiempo siempre que emprendía el infausto
lienzo. Inconcluso quedó en sola urdimbre.


LOS REGRESOS. LA MUERTE DE LAERTES


Por esos días, Laertes henchía de cantos
el mar, en tanto que tristes salomas
llenaban nuestros puertos con los crueles
hados de algunos caudillos aqueos.
Sólo de Ulises resuena el silencio.
Telémaco, engallado, deja la isla,
la incuria asesina de los jóvenes
pretendientes le asegura el embarque.
No queda en casa ningún varón libre
con el que asociarme en las ceremonias
que prescriben la majestad del rey:
los viejos rituales de fertilidad
de la Diosa Tierra: yo, la Gran Madre,
otro, el Rey del Año; el solemne canon
de la Recogida, munificente
y alocado y, por fin, la mayestática
y precisa promulgación del Año
Nuevo. Al ausentarse el ayo Mentor,
regente y adjunto elegido en su día
por Odiseo, decido nombrar contra
su voluntad recia, a mi suegro Laertes
para el cargo. Accede a regañadientes.
Algún tiempo después, con la venida
de la estación cálida, muy cercano
a uno de aquellos rituales, volvieron.
Telémaco volvió. Regresó Odiseo.
Uno a poco del otro, pero han vuelto.
Han vuelto, han regresado. Regresaron.
Y uno sigue su guerra. Otro la inicia.
La sempiterna pelea de los hombres,
maldita y mil veces maldita, pero
así han sido hechos, o así se han hecho ellos.
Luego vino la siempre crucial noche
de los reconocimientos: un huero
corazón, y un corazón lleno de islas
que no estén, que sean, que las haya, pero
que nunca estén; y bajo nuestros pies,
el hueco; ni tan solamente el mar,
aún más, mucho más aterrorizante
( ellos, griegos invasores, no quieren
asumirlo, y ahí está: la mandorla yerma
y terrible, y sin embargo Gran Madre ).
Pronto, Ulises abandona la casa,
la isla, hasta la Grecia en pos de su credo.
Telémaco le sigue al poco, y vuelvo
a estar sola. Ya no quedan almortas
para el mar, Laertes se acurruca terco
en su yacija dispuesto a morir
por tabes. Se apagó a los pocos días.
Envuelto en un paño púrpura real
y lastrado con dos grandes pedruscos
lo lanzamos al mar. Yo lo miré
mientras se sumergía, sin pestañear.
Un murmullo interno de extrañas voces
me manifestaba el secreto mudo
de los cantos y las olas. Ya en tierra
conseguí, sin dificultad, tejer
mi lienzo con el negado dibujo:
…Midi le just y composé de feux
La mer, la mer, toujours recomencée! *
Y un hombre a horcajadas de un mascarón
arrojando a las argenteas espumas
minúsculos cantiles como rayos.
Prestamente volví con mi tejido
al lugar donde hundimos el cadáver,
y extendí, sobre las batientes, suave,
el por entonces ínclito pañuelo.
Las rápidas corrientes lo alejaron
pronto de nosotros. Mas súbitamente,
en lontananza, una especie de mano
apareció y lo arrebató a los fondos
marinos. Y entonces me sonrió el mar.
Aquí saqué de mi dedo el anillo
de bronce y lo arrojé al agua. Sonreí
al mar, mientras mi cabeza asentía.
Poco demoró mi regreso a Esparta.


ULTÍLOGO

No, nunca ocurrió exactamente así.
La penuria dramática del vate
en aquel lance preciso del poema
me condujo a deshacer el telado
que tejía diligente por el día.
Conoces, por mi ahora rodado canto,
la verdad de la verdad, ¿te (a)parece?


F I N



* “EL CEMENTERIO MARINO” de Paul Valery.

viernes, 24 de abril de 2009

Giovanni Papini, timonel vidente

De manera inesperada, me encuentro con que retorna a la superficie del océano de papel impreso un escritor hundido y sumergido desde hace demasiado tiempo. REY LEAR S.L. publica El piloto ciego (1909), libro de relatos de otro de mis escritores predilectos, Giovanni Papini, muy leído en España en los años 50 y relegado al olvido por motivos políticos, es decir, estrictamente extraliterarios.

Con algo de sorpresa veo que este libro de 13 relatos se publicita como narrativa fantástica, definición que nunca se me había ocurrido hasta ahora para definir esta vertiente de la obra del maestro florentino a la que pertenece el presente libro: la de la fábula moral… definición, creo, más precisa aunque menos comercial.

Papini fue un maestro del humor literario y de la sátira, hábil polemista en constante diálogo furioso con el devenir de la cultura, sempiterno intempestivo, ensayista iconoclasta frente a los ídolos culturalmente establecidos.
Fallecido en 1956, los últimos años del escritor fueron muy duros. Ciñéndonos sólo a su salud, señalaré que fue quedándose paulatinamente paralítico y ciego. Más que nunca fue un piloto ciego, pero continuó guiando su nave con mano maestra: las constelaciones guías estaban ya en su interior.


La paradoja filosófica, el artilugio narrativo insólito, la exposición de situaciones psicológicas en el límite, son las formas elegidas por el Papini de aquellos comienzos del siglo XX para provocar el desasosiego en el mundo de las letras italianas, sobre el que cayó como arrojado desde un bombardero cruel y resplandeciente.

El libro que ahora llega a vuestro alcance aparece en 1909, como decíamos, año de la aparición del Futurismo, y en el texto titulado “Más aprisa”, que no podemos calificar de narración, conecta de inmediato con esa aceleración a todos los niveles de todos los procesos (políticos, económicos, literarios, estéticos, e internos a cada obra de arte) que proponía esta primera vanguardia.
La pérdida de la identidad, cuestión clave en una era de homologación, se expone en el capítulo titulado “¿Quién eres?”. Mientras que en “Dos imágenes en un estanque” la identidad propia aparece como problema de conciencia y, sobre todo, de coherencia intelectual.
Pensando en el extraordinario relato de ÁNGEL GRACIA Calibán, me agrada que el lector encuentre aquí tomando la palabra a la contraparte de aquel personaje: Ariel, concretamente en el relato “Los mudos”.
La responsabilidad ética del yo como personaje, como sujeto artístico protagonista de esa novela que cada cual escribe con su vivir, es la temática de “Historia completamente absurda”.
El universo puede ser mentira… el universo puede albergar una pequeña verdad dentro de su mentira: esto es “El reloj parado a las siete”.
La potencia de la imaginación y el misterioso poder de la voluntad sin acto, se desarrolla en “Una muerte mental”.

Siempre recordaré la alegría con la que, a los veinte años, recibí en mi biblioteca los seis volúmenes de las Obras Completas de Papini.
El piloto ciego se halla en la línea de los primeros libros de su autor, compuestos por este tipo de relatos satíricos, agudos y despiadados cuyo estilo culmina en GOG (1931). Pero de la juventud de Papini sin duda el mejor es Palabras y sangre, de 1912, que espero vuelva también a publicarse en español.
Sirva este post como continuación de esa peculiar cruzada mía que aspira a propiciar el interés hacia escritores poco conocidos en España, o a reivindicar a otros que han caído en olvido injusto o maliciosamente premeditado: Stanley G. Weinbaum, Stefan George, Gabriele D’Annunzio…

Otras obras de Papini que recomiendo especialmente son:

- Lo trágico cotidiano (1906)
- Palabras y sangre (1912)
- Un hombre acabado (1912)
- Cien páginas de Poesía (1915)
- La experiencia futurista (1920)
- Gog (1931)
- El libro negro (
continuación de Gog, 1951)
- Dante vivo (1933)
- Exposición individual (1941)
- Diario

(gran obra póstuma, publicada en 1963, recomendable para todos los aficionados al memorialismo imbricado con los sucesos de la historia del siglo XX).



“¡Cuánto quiero a la tierra! Pero nadie se inclina a besarla, por respeto a los vestidos.”

(Papini, Cien páginas de Poesía)